La niña que fui

Mi infancia estuvo marcada por dos realidades distintas. Por un lado, crecí siendo una niña soñadora y feliz. Pasaba gran parte de mi tiempo libre rodeada de naturaleza con mi familia, un lugar precioso que siempre me ha dado calma cuando lo he necesitado.

Por otro lado, mi etapa escolar estuvo marcada por situaciones de acoso que me obligaron a madurar antes de lo que le corresponde a una niña de esa edad. Aquellos años me hicieron comprender, demasiado pronto, que no todas las personas actúan con bondad y que el sufrimiento puede dejar una huella profunda, incluso cuando pasa desapercibido para los demás.

Con el paso de los años comprendí que aquellas vivencias no solo marcaron mi infancia, sino también mi forma de mirar a las personas. Hoy sé que gran parte de la psicóloga que soy nació en aquella niña que aprendió, demasiado pronto, que el sufrimiento existe y que sentirse comprendido puede cambiar muchas cosas.

La adolescente que soñaba con ser alguien

Durante muchos años, las circunstancias hicieron que creyera una historia que no era mía: que la universidad no estaba hecha para alguien como yo. Sin embargo, había algo que nunca cambió: mis ganas de seguir creciendo y de construir un futuro del que pudiera sentirme orgullosa.

Mi camino no ha sido lineal ni sencillo. Cada paso ha requerido esfuerzo, constancia y muchas horas de trabajo. He aprendido que los objetivos importantes no suelen alcanzarse de un día para otro, sino que se construyen poco a poco, con paciencia, perseverancia y la convicción de seguir avanzando incluso cuando el camino es más largo de lo que imaginabas.

Mirando atrás, entiendo que cada una de esas etapas me enseñó algo valioso. Hoy sé que las circunstancias pueden condicionar nuestro punto de partida, pero no tienen por qué determinar nuestro destino.

Gracias a mí por no rendirme

Hoy puedo decir que muchas de las cosas con las que aquella niña soñaba forman parte de mi vida. He construido la familia con la que siempre soñé y tengo la oportunidad de dedicarme a una profesión que me apasiona. La Psicología no es solo mi trabajo; es un compromiso que me impulsa a seguir aprendiendo cada día. Creo profundamente en la formación continua y en la responsabilidad que tenemos los profesionales de ofrecer una atención basada en la evidencia, la actualización constante y el respeto hacia cada persona que confía en nosotros.

Hoy no me define el lugar al que he llegado, sino el camino que he recorrido para estar aquí. Y, si pudiera decirle algo a aquella niña que un día dudó de su futuro, sería que nunca dejara de creer en sí misma, porque todo aquello por lo que estaba luchando acabaría mereciendo la pena. Y, por encima de todo, soy feliz. No porque mi vida haya sido perfecta, sino porque he construido una vida que tiene sentido para mí.